samedi, octobre 24

Melodía de una presencia dulce y perfumada


Durante un tiempo me había empeñado en concebirlos como iguales e indiferenciados entre sí. Me dije una y otra vez que la totalidad de ellos me daban igual y hasta había logrado convencerme tan profundamente de esto que me convertí casi en una militante activa de su indiferenciación certera. Más de pronto, en un momento inesperado, mi mirada que vagaba distraída entre ellos sin detenerse a ver con atención a ninguno, fue atraída de un modo metafísico por un punto determinado en el espacio y se posó sobre uno de aquellos elementos del montón. Él no era igual al resto -me decía- sino que se mostraba especialmente radiante, brillaba más agudamente, emanaba destellos de pureza, reía de la vida y de sus pares no-tan-pares. Sin lugar a dudas, se trataba de una elección que no podía fallar. Entonces fue él, lo señalé y sólo con este gesto simbólico pasó a ser mi propia posesión. Estuve un tiempo junto a él. Era evidente que compartíamos algunas cosas (aunque no todas, lo cual me provocaba cierta fascinación, ciertamente un poco injustificada). Hablamos de algunos tópicos intrascendentes en el camino a casa, pero si algo se nos mostraba como evidente en aquel momento era lo ocasional de nuestra relación: ambos sabíamos que lo nuestro no avanzaría pues los límites se revelaban evidentes en todo momento. Y eso, de algún modo, nos atraía más pues nos convertía en cómplices de un secreto sólo conocido por nosotros dos. Reíamos, espacialmente un poco distanciados pero unidos gracias a la concepción común de una felicidad casi onírica que brillaba por su aparente sencillez. Llegué a casa y me saqué los zapatos, él me observaba junto a la mesa del living. Parecía estar distendido y disfrutar del momento, tal como yo también lo hacía. Sentí frío y cerré una ventana. Mientras tanto lo miraba, esporádicamente, y con cierto aire de sensualidad, mientras encendía un incienso de canela –aquellos que encendía en esos momentos que prometían ser portadores de la unicidad e irrepetibilidad-. Él aparentaba una cierta desatención y me miraba de reojo, mientras –distraídamente- recorría, con una visión panorámica/panóptica, el empapelado de mi casa –que me avergonzaba un poco, pues estaba viejo y manchado por la humedad del aire de la ciudad-. Recogí todo mi cabello, despeinado y de color almendra en una larga cola de caballo, y me sentí mejor. Una sensación de bienestar que recorría mi interioridad me provocó un torrente de cosquillas en la panza. Me sentí bien después de mucho tiempo. Reí, murmuré algo que él nunca oyó y me dirigí a la cocina para servirme un vaso grande de jugo de frutas. Lo bebí distraidamente mientras jugaba a aplastar con la lengua las células de mandarina que flotaban atiborrándose en el torrente acuoso. De pronto lo recordé y volví al living. Él continuaba esperándome, con una actitud tranquila pero que denotaba ciertas ansias, aunque siempre radiante, tanto que iluminaba la lúgubre habitación de aquel antiguo edificio. Me dirigí hacia él y, a medida que me acercaba, comencé a sentir ese delicioso perfume que emanaba. Era dulce y fresco, definitivamente perteneciente al ámbito de la naturaleza –y no de la sociedad-. Se trataba de ese viejo concepto asociado al salvajismo, a una selva frenéticamente enarbolada. Aquel aroma me recordaba a algo o alguien que no podía precisar con exactitud, a un viejo recuerdo guardado en las profundidades de mi acervo de sensaciones. Cuando estuvimos bien cerca, la fragancia se intensificó tanto que me llevó a una completa embriaguez, mareandome levemente. Me sentí una princesa de cuentos, me creí un hada del bosque, definitivamente la reina de la naturaleza. Con cierta timidez, extendí mi mano derecha –que temblaba un poco, denotando cierta torpeza causada por los nervios provocados por su cercanía- y la yema de mis dedos lo rozaron apenas, sintiéndolo levemente. Era suave y aterciopelado, estaba cubierto por un fino pero frondoso bello que cubría la completitud de su ser. Se intensificó la embriaguez y todo era más un espacio de ensueño que una triste experiencia vivida en el mundo de los hombres. Fue en ese momento cuando, envuelta entre las telas invisibles de ese delicioso aroma, cerré los ojos y nos entrelazamos en una danza ancestral donde todos los sentidos fueron participantes activos: probando, blandiendo, jugando, sintiendo, rozando, degustando, oliendo, lamiendo. Todos excepto la vista, que era innecesaria e, incluso, des-onirizante –tan terrenal que nos hacía enojar a los dos-. Aquel momento constituyó un extraño ritual durante el curso del cual mi piel se encontraba erizada toda y el bello amarillento de mi panza y brazos estaba erguido, atento, cual guardián de un encuentro extra-terrenal. De pronto abrí los ojos y tomé contacto con la realidad. Estaba confundida y miré en derredor: seguía en el living, pero esta vez me encontraba sola, tu ausencia fue evidente. Te busqué insistentemente, pero fue en vano. De lejos sonaba una triste melodía de Jazz, cantada por una voz de mujer. Mi rostro miró –distraídamente y al pasar- el parlante que emitía tales melodías, buscaba entender, establecer un contacto con aquel lugar temporo-espacial que se mostraba extraño y lejano. Las cenizas del incienso de canela se habían derramado del porta-sahumerios, ensuciando la mesa de vidrio. Mi cuerpo aún estaba repleto de cosquillas en cada una de sus terminaciones nerviosas y yo todavía me encontraba un poco mareada y confundida. Volví la vista hacia adelante y ya no estabas, sólo una enorme semilla dura atestiguaba tu estadía junto a mí –aunque todavía se podía sentir tu perfume, aduraznado, en el aire-.

mardi, octobre 6

Lo que la realidad es (y no es)

Un día de estos voy a cometer un error, voy a sentirme tan cómoda y carente de máscaras que me voy a delatar. Inconscientemente, voy a hacer ese gesto que tengo desde antes de poseer razón (y del cual nunca me pude deshacer, pese a algunos intentos fallidos durante la adolescencia, cuando me avergonzada), ese secreto que sólo sabemos mi mamá y yo, y me gusta hacer cuando mis cabellos están fríos y bien limpios, ese gesto un tanto bizarro que se torna terriblemente insistente cuando estoy cansada y tengo mucho sueño. Ese secreto prohibido y desconocido por todos que consiste en enrollar mis cabellos alrededor de mi oreja, aplastándola, dejándola chiquita y apretujada. Esa costumbre que me deja sin oreja, que la esconde y deforma. Eso que nadie debe ver jamás (pero vos un día de estos lo verás).

Un día de estos te vas a reír de mi aspecto cuando despertemos juntos: de mi flequillo descontrolado que ni un millón de peines podrían darle remedio, de mis ojos orientales y pegadísimos entre sí, imposibles de abrir.

Un día de estos me vas a ver dormir con camisón de verano y medias (que me saco cuando me da calor, en la mitad de la noche, y voy creando, con el correr de los días, una mini-salada en la cama).

Un día de estos vas a saber todo lo que me gusta el cine, porque con él puedo ser mil personas a la vez, vivir mil vidas en una sola y sentir cosas que no podría, de otro modo. Que me cuenten historias, hipotetizar con vidas ajenas, ser testigo de historias de amor tan puras e irracionales que logran vencer todos los obstáculos, conocer personalidades extrañas, saber los finales sin tener que esperar años y años.

Un día de estos me vas a ver muerta de frío, con el ponchito boliviano marrón en los hombros y poniéndole cantidades exageradas de miel a un té con azúcar.

Un día de estos te voy a confesar que las mujeres de antes eran mil veces más bellas y agraciadas que las de ahora.

Un día de estos vas a enterarte de que en realidad estoy infinitamente enamorada de la Antropología (pese a todo lo que me quejo de ella).

Un día de estos te vas a preguntar por qué no me gustan los moluscos y mariscos. Y me lo vas a preguntar y no lo voy a saber explicar.

Un día de estos vas a saber tantos secretos que me vas a tener que jurar silencio, so pena del peor castigo que haya en el mundo (que tu piel quede pegoteada por mi dulce de leche preferido o una corrida hasta que me alcances, que va a ser muy rápido, muy pronto, listo, ya está).

Un día de estos vas a saber cuán en serio me tomo las letras de las canciones que escucho, las películas que miro y mis fotografías preferidas. Una manía casi adolescente. Alguna vez pensé en que mi hombre ideal era alguno de los autores de las canciones cuya letra me llega más profundamente o quien escribió el libro/guión de la película que más logró emocionarme o aquel fotógrafo que logró captar tanta belleza y emociones en una sola toma. Un día de estos lo vas a saber.

Un día de estos vas a creerme cuando te diga, sincera y seriamente, que lo más importante y lo único real en la vida es el amor. Que el resto de las cosas en el mundo es sólo el decorado barato y programado por una mente formateada, de una obra de teatro mal montada y de bajo presupuesto.

Un día de estos me vas a ver con mi peor joggin’ y mis pantuflas rojas (el último regalo que me hizo la abuela) similar, según Chío, a Johnny Depp en “Secret Window”.

Un día de estos vas a sentir lo mismo que yo cuando veas los ojos de un niño, un par de ojos renegridos y pestañas larguísimas, su vocecita aflautada, ese beso que te humedece la mejilla y nunca hay que limpiar, pues perdería sus propiedades mágicas, su inocencia, su dulce intencionalidad.

Un día de estos vas a enojarte porque no te dejo dormir, porque invento cualquier excusa y tema de conversación para tenerte un ratito más conmigo. Que los alumnitos, que la anécdota con el cartonero del barrio, que las interminables andanzas por zona sur, que ese novio que a nadie le importa de mi amiga. Puras excusas: sólo quiero que estés un rato más junto a mí. Evitar que te duermas y sentirme sola (un poco tonta por no lograr conciliar rápidamente el sueño y egoísta por no dejarte tranquilo).

Un día de estos vas a saber cuánto me gusta el café con leche y los alfajores de dulce de leche para la merienda. Combinar la ropa toda, leer antropología clásica (muy muy étnica y exotizante), escribir cosas cuando estoy triste y escuchar música francesa. Sentarme a tomar unos mates amarguísimos con mamá cuando las dos volvemos de trabajar, hacer platos que no me salen del todo bien por más que lo intente, dar regalitos sin motivo o razón alguna, dar besos y abrazar a la gente que quiero. El perfume que deja en el aire un corte de pasto reciente, oler la goma que tengo en la cartuchera de la escuela (porque me hace acordar a la escuela primaria, me transporta a la dulce infancia, donde casi todo era belleza), hablar hasta por los codos, hacer reír a mis alumnos, escuchar las historias que tienen los demás para contarme y que, en general, nadie quiere oír.

Un día de estos vas a revolver mi cartera buscando un pañuelo, sweater o espejo. Y ese pequeño acto de confianza me va a llenar de emoción, me va a poner estúpidamente contenta.

Un día de estos vas a saber cuán profundamente deseo vivir en una cabaña de madera, rodeada de pinos y lindera a un gran lago de aguas verdes. Vivir ahí acompañada de un gran amor y una bebé de bucles castaños y profundos ojos negros llamada Canela (o, en su defecto, Narciso).

Un día de estos te voy a cantar una canción, muy desafinada e inventando casi toda la letra.

Un día de estos voy a estar distraída y me vas a abrazar. Y ese abrazo me va a otorgar una huella de felicidad que ni un millón de problemas va a lograr borrar.

Un día de estos vas a necesitar mi ayuda en un dominio que nadie más va a poder manejar, y voy a ser feliz por eso.

Un día de estos te vas a enterar de cuán indecisa soy (una decisión de qué desayunar o con qué medias combinar estos zapatos pueden requerir de la opinión de múltiples interventores y un debate empedernido con la potencial portadora de dichas prendas).

Un día de estos vas a saber tanto, pero tanto… que esa ausencia de secretos me va a atemorizar un poco, me va a hacer sentir diminuta y desnuda pero tan feliz que nada va a lograr opacar, enturbiar o enmudecer ese sentimiento de pureza y, en última instancia, realidad.

lundi, septembre 28

Beck: Everybody's gotta learn sometimes.



PD: Esta peli me enamora.

dimanche, septembre 27

/Nuria/: "bananómetro"

-¿Cómo te llamás?
- Nuria.
- ¿Luria?
- No, Nuria. Con "n".
- Bueeeeno, es lo mismo.
- No, no es lo mismo.

Corte.

- ¿Cómo te llamás, linda?
- Nuria.
- Ah, como el puente.
- No, ese es La Noria y yo me llamo Nuria. (lo voy a matar)
- Ah... ¿y sos de acá?
- Sí ¿de dónde voy a ser? (agárrenme que lo mato a este gil)


Desde chiquita, en los ensayos de que entiendan mi nombre, pasé a llamarme: Gloria, Moria, Nadia, Luria, Noria, Noelia, Nubia, etc. Antes, mi actitud consistía en modular y vocalizar perfectamente bien cada fonema para intentar achicar, al máximo, el margen de error -porque pocas cosas me enojan más que digan mal mi nombre-. Ahora que estoy vieja e intolerante la comprensión de mi nombre se tornó una especie de detector de bananas o "bananómetro", y es por ello que no hago ningún esfuerzo por que lo entiendan, esperando -ansiosa- la repetición -que, por cierto, nunca tarde en llegar-.

mercredi, septembre 23

Neologismos

Choripan: s. categoría emic proveniente de la contracción de dos sustantivos, chorizo y pan. Especie de sandwich que se suele comer en el territorio argentino, suele acompañarse de chimichurri. Sandwich de chorizo.

Morcipan: s. categoría emic derivada de choripan, proveniente de la contracción de dos sustantivos, morcilla y pan. Especie de sandwich que se suele comer en el conurbano bonaerense. Sandwich de morcilla.

Vaciopan: s. categoría emic derivada de choripan, proveniente de la contracción de dos sustantivos, vacío y pan. Especie de sandwich que se suele comer en el conurbano bonaerense. Sandwich de vacío.

Choripete: s. categoría emic que señala una práctica común del conurbano bonaerese. Dícese de la adquisición monetaria (por la módica suma de 15 pesos argentinos) de un choripan y una práctica de felación, de mujer a hombre (nunca al revés).


Ahora bien, ¿algún día alguien inventará algo tal como un "bondiolapan"? ¿O el costo de adquisición de cerdos en el conurbano es demasiado elevado? Además ¿el precio del famoso "choripete" habrá aumentado debido a la crisis financiera internacional o se mantendrá estable pues atañe materia prima puramente nacional (y no influenciada por la economía internacional)?

samedi, septembre 19

La materia

“Sos una mujer verdaderamente tierna”, dijo él siendo sincero por primera vez en sus treinta largos años. Ella se quedó mirándolo, con una mueca agraciada y de inmensa curiosidad en su rostro (sus ojos eran profundos, enormes, ocultos, ausentes). Lo que más le llamaba la atención era el paralelismo trazado entre las cualidades emocionales de una persona con las propiedades (físicas) de la materia. “Sos muy dulce”, dijo de repente. Otra vez lo mismo. La materia y el gusto. ¿En qué se parecía una mujer que rondaba la mitad de su veintena de años con una uva verde, rebosante de dulzura y jugo azucarado? “No me contestás, te noto fría y considero que durante nuestra última conversación que mantuvimos en aquel café que está en la callecita empedrada, aquella que te fascina porque te hace creer que sos una estrella de cine de los ’30 (con pollera tubo y pelo increíblemente platinado); bueno, ese día, fuiste muy dura conmigo. No merecía todas aquellas cosas que me dijiste y lo sabés”. Ella no contestó, casi no oía lo que él le estaba diciendo. La materia (una propiedad sensible y aprehensible de un modo directo, a través de los sentidos) y las emociones o actitudes no tangibles de una persona (el tono de voz dulce y aflautado de ella, su manía de no decir malas palabras ni hacerlo sentir mal en vano… tanto que aún no podía y creía jamás poder decirle aquello que le estaba rondando en la cabeza, que no la dejaba comer, dormir, bailar o reír desde hacía semanas). ¿En qué consistiría esa analogía entre algo sensible a través de cualquier sentido (por un lado, la dulzura a partir del gusto y, por otro, la frialdad, la dureza y la ternura por el tacto) con una actitud no tan directa y necesariamente asequible por algo más que la intuición, la interpretación o el afecto del otro?

vendredi, septembre 11

La visita



“Dígame qué puedo hacer por usted” – dijo mientras encendía un cigarrillo parisienne casi tan pálido y alargado como la mueca de su rostro en el reflejo del fuego -. “¡Ay! Señor… es usted muy amable, pero si yo supiera tal cosa no me encontraría en esta situación ahora mismo. Es que, usted sabe, la vida da tantas vueltas y las decisiones que una debe tomar son tan rápidas y en un instante tan ínfimo que cuando una se da cuenta… ¡zas! Ya pasó y una se encuentra en lo mismo que antes: el mismo departamento húmedo y con un olor rancio que puede volverla loca; la oficina repleta de esas malditas víboras que esperan ansiosas cualquier tropiezo para ir y buscar furtivamente un ascenso; la misma relación gastada e insípida con mi madre, las rutinarias llamadas telefónicas a las amigas hipócritas, llenas de dinero y buenas costumbres; la misma proporción de leche en el café; ese olor rancio del bar de la esquina que me enloquece; las mismas noticias en el maldito diario… Se preguntará usted, entonces, por qué no produzco algún cambio o tomo una decisión que dé un vuelco a las cosas. Pues la verdad no lo sé, simplemente me atemoriza equivocarme, estar peor que antes, cambiar demasiado, la incertidumbre, el movimiento”. Mientras ella hablaba y hablaba, él sólo podía pensar en el errante pestañear de esos ojos encendidos que lo hacía perder la razón y lo envolvía en una ensoñación tan profunda que por momentos olvidaba escucharla, ensimismado en esa danza misteriosa en la que estaban envueltos sus ojos. “¿Entonces por qué me contactó?”, dijo al fin. “Algo debe haber entre mis posibilidades de accionar por lo cual usted creyó pertinente nuestro encuentro”. “Señor… si yo lo supiera sería una mujer plena y repleta de dicha. Simplemente no lo sé. Debió ser una corazonada, que le dicen”. Él se comenzó a inquietar, pensó que ella estaba jugando con él, con su tiempo y su paciencia. “¿Y que propone, entonces? Oigame, yo soy un hombre ocupado. Si puedo ayudarla de algún modo, dígame y lo haré. Sino discúlpeme pero mi oficina desborda de talonarios por completar, hojas en blanco que deben ser escritas con razocinio antes del final de la jornada y asuntos por resolver”, dijo mientras rozó – casi sin darse cuenta – con la punta de los dedos la manija de su maletín, un poco desgastado por el uso -. “No, espere. No me pida que me vaya. Le va a parecer extraño e incluso un poco atrevido de mi parte, pero siento que el extrañamiento de nuestra relación, incluso la distancia y todas esas cosas de las que una suele burlarse y escapar me parecen tan bellas. Oigame, y por favor no malinterprete mis palabras, pero me siento bien hablando con usted”. Él levantó una ceja – sorprendido ante tal revelación y, ahora sí, seguro de que esta mujer lo estaba tomando por estúpido –. “Mire señorita, si está usted sola, júntense con otras mujeres, haga un viaje al exterior, vaya a jugar a la canasta con mujeres de su edad… yo sigo sin entender qué es lo que la retiene aquí”. “Oh! Señor, ya le dije a usted y, con todo respeto, se lo repito: será la rutina, el aburrimiento o la hipocresía que me rodea, pero créame cuando le digo que estoy agotada. Y hablo de un agotamiento más emocional que físico – las clases de danza contemporánea son para mí un gran placer o al menos lo eran antes, cuando yo era otra, pero de todos modos ellas no me cansan, mi cuerpo supo adaptarse perfectamente bien a los esfuerzos que requieren y se mueve casi sin que se lo pida –. Aquí la cuestión es otra. Y, de alguna manera, mayor. Usted creerá que soy una mujer carente de moral, pero estar aquí en esta oficina que tanto dista de todo lo que conozco me hace sentir un placer que no sé explicar muy bien. Verlo a usted que… por cierto, esa corbata color carmín hace resaltar el color castaño de sus ojos ¿es un presente de alguna mujer que usted tuvo? Oh, disculpe mi impertinencia. Es que tan exquisito gusto en la prenda denota la mirada de una mujer, de esos besos en la frente que se dan sólo por la mañana, un par de piernas muy largas que lo abrazan a usted por la noche, una copa de vino en el balcón y esas cosas que la poesía relata tan bellamente en sus prosas”. Definitivamente estaba confundido. Esta mujer verdaderamente lo desconcertaba ¿Cuáles eran sus propósitos? ¿Estaba fuera de sí? ¿Era irracional? No, nada de eso. El desenvolvimiento de su discurso era perfectamente racional, aunque distinto, muy distinto a todo lo que él había conocido hasta ese entonces. Ya no tenía caso preguntar, por más que lo hiciera una y mil veces ella se las arreglaba para desviar el tema y conversar de lo aburrida que se sentía con su vida y de pequeñeces que, por más que lo intentara, él no podía terminar de comprender. No obstante, estaba pasmado con su belleza. Esta era de un tipo más bien global que a causa de alguna característica corporal particular. Sus ojos eran finos y rasgados, de un color caoba oscuro que lo hacía parecer como si no tuvieran fondo, parecían no terminar jamás, descender hasta el mismísimo infierno; sus labios eran rojos y con una ligera forma acorazonada; algunas arrugas que le enmarcaban los gestos de su boca la hacían profundamente atractiva y sensual. Y el vestido… el vestido de corte aniñado y que le quedaba un poco corto, debería ser un legado de su adolescencia. Con flores y volados. Era una mujer muy bella. Mientras tanto ella seguía hablando quién sabe de qué. Ya no importaba, ni eso ni nada. Él en algún momento terminaría todo el papelerío pendiente – siempre, por más que se empeñara en autoconvencerse que los tiempos vencerían y que no podría lograrlo, siempre podía –. Ya nada importaba. Ese momento era valioso en sí mismo, esa repentina aparición casi lo había convencido, con la espontaneidad en que se produjo, de que tenía que haber algo más. Algo que hiciera valer la pena el maldito reloj despertador de lunes a viernes a las 6am; los eternos viajes en el subterráneo; las monótonas caminatas hacia la oficina; el mismo café a las 11am, antes del almuerzo; la milanesa del bar la esquina que constituía su almuerzo desde hacía ya siete largos años; los mismos chistes entre los compañeros de la oficina. Al fin y al cabo, uno no tiene una mujer tan bella frente a sí todos los días de su vida. ¿O sí? ¿Tendría ella razón cuando decía que la vida y el destino sólo están causados por decisiones y, tantas veces, la ausencia de ellas? Sonaba demasiado simple, casi infantil. Además, el siempre se había negado a que sería otra persona – sobre todo una mujer – quien le salvaría la vida.