mardi, décembre 22

Otra vez viajar


Entonces se cansó de todo esto que la rodeaba desde hacía muchos años y ya no la hacía más sentirse bonita. Por ello decidió abrir sus enormes alas que insistían en esconderse debajo de ese sweater escocés un poco destejido que vestía todo el tiempo y partir hacia un lugar remoto donde ya nada importaba, excepto reír a carcajadas e intentar alcanzar ese algo que por momentos se confunde con el todo y suele llamarse felicidad.

...y para ello, armó una valijita con aquellas cosas imprescindibles para la aventura a vivir: vestidos de colores, amor, accesorios para un pelo incontrolable, golosinas, perfumes muy dulces, libros, ganas de divertirse, anteojos de sol, amistad, pensamientos en proceso, experiencias por vivir y recuerdos por traer.

Adiós, adiós y que el retorno sea remoto!

mercredi, décembre 16

Sobre el amor - C. Jung


“Con el amor de los esposos dejamos atrás el terreno del espíritu y nos adentramos en esa esfera intermedia que se extiende entre espíritu e instinto, donde, por una parte, la llama pura de Eros se excita hasta convertirse en el fuego de la sexualidad y, por otra, formas de amor ideales, como el amor paterno, el amor a la patria, el amor al prójimo se mezclan con la avidez de poder personal, con el deseo de poseer y dominar. Esto no quiere decir que todo contacto con la esfera del instinto signifique necesariamente degradación. Al contrario, la belleza y la verdad de la fuerza amorosa se pone de manifiesto tanto más plenamente cuanto mayor cantidad de instinto sea capaz de contener. Pero cuanto más sofoque el instinto al amor más sale a la luz el animal. Así, el amor del novio y de la novia puede ser tal que cabe decir con Goethe: ‘Cuando la intensa fuerza espiritual/ los elementos/ para sí arrebató,/ no hubo ángel que separase/ la doble naturaleza unida/ de la intimidad de ambos:/ tan sólo el amor eterno/ consigue separarla’. No siempre se trata necesariamente de un amor así, sino que puede ser también un amor de esa clase de la que Nietzsche dice: ‘Dos animales se han reconocido’. El amor de los enamorados cala más hondo. Falta la consagración de la promesa, de los votos de vida en común. En cambio, esa otra belleza del destino, de lo trágico, puede transfigurar este amor. Pero, por lo general, predomina el instinto con su oscura pasión o su chispeante fuego de paja”.

Carl Gustav Jung
Sobre el amor

jeudi, décembre 3


Hoy quiero:

· Armar la mochila e irme muy lejos.
· Caminar bailando por la ciudad en una tarde donde el sol se muestre brilloso y radiante.
· Que me hagan reír, sonreír y sonrojarme.
· Escuchar y admirar durante horas a mis alumnos de Villa Diamante. Aprender tanto de ellos.
· Enamorarme de una sonrisa y una mirada encantadoramente transparentes.
· Reírme hasta que me duelan las mejillas, como antes.
· Tomar un licuado de frutilla bien frío. Combinarlo con una flor en el pelo y adornarlo con la conversación amorosa de un amigo.
· Recibir un abrazo sincero tan fuerte que me deje momentáneamente sin aire.
· Que me miren sinceramente a los ojos y adivinen lo que estoy pensando.
· Vivir en armonía con todo lo que me rodea (que no es, precisamente, lo más lindo, soñado y deseable).
· Irradiar energía tan colorida así como poderosa y armónica.
· Sentarme en la plaza durante horas, alimentar a las palomas, observar a la gente que también está en ella y sentirme la protagonista de una película de Almodóvar.
· Ser tan bella y melancólica como un personaje de la literatura cortazariana (aunque bastante más simple pues esta condición -hasta donde yo sé- trae aparejada, tras de sí y como una consecuencia empírica, la felicidad).
· Viajar a un lugar donde todo sea nuevo y por aprender/aprehender. Conocer gente, lugares y momentos hasta ahora inexplorados. Aprender tanto de ello, volverme más naturalmente sabia y menos artificialmente reflexiva.

samedi, octobre 24

Melodía de una presencia dulce y perfumada


Durante un tiempo me había empeñado en concebirlos como iguales e indiferenciados entre sí. Me dije una y otra vez que la totalidad de ellos me daban igual y hasta había logrado convencerme tan profundamente de esto que me convertí casi en una militante activa de su indiferenciación certera. Más de pronto, en un momento inesperado, mi mirada que vagaba distraída entre ellos sin detenerse a ver con atención a ninguno, fue atraída de un modo metafísico por un punto determinado en el espacio y se posó sobre uno de aquellos elementos del montón. Él no era igual al resto -me decía- sino que se mostraba especialmente radiante, brillaba más agudamente, emanaba destellos de pureza, reía de la vida y de sus pares no-tan-pares. Sin lugar a dudas, se trataba de una elección que no podía fallar. Entonces fue él, lo señalé y sólo con este gesto simbólico pasó a ser mi propia posesión. Estuve un tiempo junto a él. Era evidente que compartíamos algunas cosas (aunque no todas, lo cual me provocaba cierta fascinación, ciertamente un poco injustificada). Hablamos de algunos tópicos intrascendentes en el camino a casa, pero si algo se nos mostraba como evidente en aquel momento era lo ocasional de nuestra relación: ambos sabíamos que lo nuestro no avanzaría pues los límites se revelaban evidentes en todo momento. Y eso, de algún modo, nos atraía más pues nos convertía en cómplices de un secreto sólo conocido por nosotros dos. Reíamos, espacialmente un poco distanciados pero unidos gracias a la concepción común de una felicidad casi onírica que brillaba por su aparente sencillez. Llegué a casa y me saqué los zapatos, él me observaba junto a la mesa del living. Parecía estar distendido y disfrutar del momento, tal como yo también lo hacía. Sentí frío y cerré una ventana. Mientras tanto lo miraba, esporádicamente, y con cierto aire de sensualidad, mientras encendía un incienso de canela –aquellos que encendía en esos momentos que prometían ser portadores de la unicidad e irrepetibilidad-. Él aparentaba una cierta desatención y me miraba de reojo, mientras –distraídamente- recorría, con una visión panorámica/panóptica, el empapelado de mi casa –que me avergonzaba un poco, pues estaba viejo y manchado por la humedad del aire de la ciudad-. Recogí todo mi cabello, despeinado y de color almendra en una larga cola de caballo, y me sentí mejor. Una sensación de bienestar que recorría mi interioridad me provocó un torrente de cosquillas en la panza. Me sentí bien después de mucho tiempo. Reí, murmuré algo que él nunca oyó y me dirigí a la cocina para servirme un vaso grande de jugo de frutas. Lo bebí distraidamente mientras jugaba a aplastar con la lengua las células de mandarina que flotaban atiborrándose en el torrente acuoso. De pronto lo recordé y volví al living. Él continuaba esperándome, con una actitud tranquila pero que denotaba ciertas ansias, aunque siempre radiante, tanto que iluminaba la lúgubre habitación de aquel antiguo edificio. Me dirigí hacia él y, a medida que me acercaba, comencé a sentir ese delicioso perfume que emanaba. Era dulce y fresco, definitivamente perteneciente al ámbito de la naturaleza –y no de la sociedad-. Se trataba de ese viejo concepto asociado al salvajismo, a una selva frenéticamente enarbolada. Aquel aroma me recordaba a algo o alguien que no podía precisar con exactitud, a un viejo recuerdo guardado en las profundidades de mi acervo de sensaciones. Cuando estuvimos bien cerca, la fragancia se intensificó tanto que me llevó a una completa embriaguez, mareandome levemente. Me sentí una princesa de cuentos, me creí un hada del bosque, definitivamente la reina de la naturaleza. Con cierta timidez, extendí mi mano derecha –que temblaba un poco, denotando cierta torpeza causada por los nervios provocados por su cercanía- y la yema de mis dedos lo rozaron apenas, sintiéndolo levemente. Era suave y aterciopelado, estaba cubierto por un fino pero frondoso bello que cubría la completitud de su ser. Se intensificó la embriaguez y todo era más un espacio de ensueño que una triste experiencia vivida en el mundo de los hombres. Fue en ese momento cuando, envuelta entre las telas invisibles de ese delicioso aroma, cerré los ojos y nos entrelazamos en una danza ancestral donde todos los sentidos fueron participantes activos: probando, blandiendo, jugando, sintiendo, rozando, degustando, oliendo, lamiendo. Todos excepto la vista, que era innecesaria e, incluso, des-onirizante –tan terrenal que nos hacía enojar a los dos-. Aquel momento constituyó un extraño ritual durante el curso del cual mi piel se encontraba erizada toda y el bello amarillento de mi panza y brazos estaba erguido, atento, cual guardián de un encuentro extra-terrenal. De pronto abrí los ojos y tomé contacto con la realidad. Estaba confundida y miré en derredor: seguía en el living, pero esta vez me encontraba sola, tu ausencia fue evidente. Te busqué insistentemente, pero fue en vano. De lejos sonaba una triste melodía de Jazz, cantada por una voz de mujer. Mi rostro miró –distraídamente y al pasar- el parlante que emitía tales melodías, buscaba entender, establecer un contacto con aquel lugar temporo-espacial que se mostraba extraño y lejano. Las cenizas del incienso de canela se habían derramado del porta-sahumerios, ensuciando la mesa de vidrio. Mi cuerpo aún estaba repleto de cosquillas en cada una de sus terminaciones nerviosas y yo todavía me encontraba un poco mareada y confundida. Volví la vista hacia adelante y ya no estabas, sólo una enorme semilla dura atestiguaba tu estadía junto a mí –aunque todavía se podía sentir tu perfume, aduraznado, en el aire-.

mardi, octobre 6

Lo que la realidad es (y no es)

Un día de estos voy a cometer un error, voy a sentirme tan cómoda y carente de máscaras que me voy a delatar. Inconscientemente, voy a hacer ese gesto que tengo desde antes de poseer razón (y del cual nunca me pude deshacer, pese a algunos intentos fallidos durante la adolescencia, cuando me avergonzada), ese secreto que sólo sabemos mi mamá y yo, y me gusta hacer cuando mis cabellos están fríos y bien limpios, ese gesto un tanto bizarro que se torna terriblemente insistente cuando estoy cansada y tengo mucho sueño. Ese secreto prohibido y desconocido por todos que consiste en enrollar mis cabellos alrededor de mi oreja, aplastándola, dejándola chiquita y apretujada. Esa costumbre que me deja sin oreja, que la esconde y deforma. Eso que nadie debe ver jamás (pero vos un día de estos lo verás).

Un día de estos te vas a reír de mi aspecto cuando despertemos juntos: de mi flequillo descontrolado que ni un millón de peines podrían darle remedio, de mis ojos orientales y pegadísimos entre sí, imposibles de abrir.

Un día de estos me vas a ver dormir con camisón de verano y medias (que me saco cuando me da calor, en la mitad de la noche, y voy creando, con el correr de los días, una mini-salada en la cama).

Un día de estos vas a saber todo lo que me gusta el cine, porque con él puedo ser mil personas a la vez, vivir mil vidas en una sola y sentir cosas que no podría, de otro modo. Que me cuenten historias, hipotetizar con vidas ajenas, ser testigo de historias de amor tan puras e irracionales que logran vencer todos los obstáculos, conocer personalidades extrañas, saber los finales sin tener que esperar años y años.

Un día de estos me vas a ver muerta de frío, con el ponchito boliviano marrón en los hombros y poniéndole cantidades exageradas de miel a un té con azúcar.

Un día de estos te voy a confesar que las mujeres de antes eran mil veces más bellas y agraciadas que las de ahora.

Un día de estos vas a enterarte de que en realidad estoy infinitamente enamorada de la Antropología (pese a todo lo que me quejo de ella).

Un día de estos te vas a preguntar por qué no me gustan los moluscos y mariscos. Y me lo vas a preguntar y no lo voy a saber explicar.

Un día de estos vas a saber tantos secretos que me vas a tener que jurar silencio, so pena del peor castigo que haya en el mundo (que tu piel quede pegoteada por mi dulce de leche preferido o una corrida hasta que me alcances, que va a ser muy rápido, muy pronto, listo, ya está).

Un día de estos vas a saber cuán en serio me tomo las letras de las canciones que escucho, las películas que miro y mis fotografías preferidas. Una manía casi adolescente. Alguna vez pensé en que mi hombre ideal era alguno de los autores de las canciones cuya letra me llega más profundamente o quien escribió el libro/guión de la película que más logró emocionarme o aquel fotógrafo que logró captar tanta belleza y emociones en una sola toma. Un día de estos lo vas a saber.

Un día de estos vas a creerme cuando te diga, sincera y seriamente, que lo más importante y lo único real en la vida es el amor. Que el resto de las cosas en el mundo es sólo el decorado barato y programado por una mente formateada, de una obra de teatro mal montada y de bajo presupuesto.

Un día de estos me vas a ver con mi peor joggin’ y mis pantuflas rojas (el último regalo que me hizo la abuela) similar, según Chío, a Johnny Depp en “Secret Window”.

Un día de estos vas a sentir lo mismo que yo cuando veas los ojos de un niño, un par de ojos renegridos y pestañas larguísimas, su vocecita aflautada, ese beso que te humedece la mejilla y nunca hay que limpiar, pues perdería sus propiedades mágicas, su inocencia, su dulce intencionalidad.

Un día de estos vas a enojarte porque no te dejo dormir, porque invento cualquier excusa y tema de conversación para tenerte un ratito más conmigo. Que los alumnitos, que la anécdota con el cartonero del barrio, que las interminables andanzas por zona sur, que ese novio que a nadie le importa de mi amiga. Puras excusas: sólo quiero que estés un rato más junto a mí. Evitar que te duermas y sentirme sola (un poco tonta por no lograr conciliar rápidamente el sueño y egoísta por no dejarte tranquilo).

Un día de estos vas a saber cuánto me gusta el café con leche y los alfajores de dulce de leche para la merienda. Combinar la ropa toda, leer antropología clásica (muy muy étnica y exotizante), escribir cosas cuando estoy triste y escuchar música francesa. Sentarme a tomar unos mates amarguísimos con mamá cuando las dos volvemos de trabajar, hacer platos que no me salen del todo bien por más que lo intente, dar regalitos sin motivo o razón alguna, dar besos y abrazar a la gente que quiero. El perfume que deja en el aire un corte de pasto reciente, oler la goma que tengo en la cartuchera de la escuela (porque me hace acordar a la escuela primaria, me transporta a la dulce infancia, donde casi todo era belleza), hablar hasta por los codos, hacer reír a mis alumnos, escuchar las historias que tienen los demás para contarme y que, en general, nadie quiere oír.

Un día de estos vas a revolver mi cartera buscando un pañuelo, sweater o espejo. Y ese pequeño acto de confianza me va a llenar de emoción, me va a poner estúpidamente contenta.

Un día de estos vas a saber cuán profundamente deseo vivir en una cabaña de madera, rodeada de pinos y lindera a un gran lago de aguas verdes. Vivir ahí acompañada de un gran amor y una bebé de bucles castaños y profundos ojos negros llamada Canela (o, en su defecto, Narciso).

Un día de estos te voy a cantar una canción, muy desafinada e inventando casi toda la letra.

Un día de estos voy a estar distraída y me vas a abrazar. Y ese abrazo me va a otorgar una huella de felicidad que ni un millón de problemas va a lograr borrar.

Un día de estos vas a necesitar mi ayuda en un dominio que nadie más va a poder manejar, y voy a ser feliz por eso.

Un día de estos te vas a enterar de cuán indecisa soy (una decisión de qué desayunar o con qué medias combinar estos zapatos pueden requerir de la opinión de múltiples interventores y un debate empedernido con la potencial portadora de dichas prendas).

Un día de estos vas a saber tanto, pero tanto… que esa ausencia de secretos me va a atemorizar un poco, me va a hacer sentir diminuta y desnuda pero tan feliz que nada va a lograr opacar, enturbiar o enmudecer ese sentimiento de pureza y, en última instancia, realidad.

lundi, septembre 28

Beck: Everybody's gotta learn sometimes.



PD: Esta peli me enamora.

dimanche, septembre 27

/Nuria/: "bananómetro"

-¿Cómo te llamás?
- Nuria.
- ¿Luria?
- No, Nuria. Con "n".
- Bueeeeno, es lo mismo.
- No, no es lo mismo.

Corte.

- ¿Cómo te llamás, linda?
- Nuria.
- Ah, como el puente.
- No, ese es La Noria y yo me llamo Nuria. (lo voy a matar)
- Ah... ¿y sos de acá?
- Sí ¿de dónde voy a ser? (agárrenme que lo mato a este gil)


Desde chiquita, en los ensayos de que entiendan mi nombre, pasé a llamarme: Gloria, Moria, Nadia, Luria, Noria, Noelia, Nubia, etc. Antes, mi actitud consistía en modular y vocalizar perfectamente bien cada fonema para intentar achicar, al máximo, el margen de error -porque pocas cosas me enojan más que digan mal mi nombre-. Ahora que estoy vieja e intolerante la comprensión de mi nombre se tornó una especie de detector de bananas o "bananómetro", y es por ello que no hago ningún esfuerzo por que lo entiendan, esperando -ansiosa- la repetición -que, por cierto, nunca tarde en llegar-.