
- Porque… dígame con sinceridad: ¿Usted a qué le teme?
- Déjeme pensar… de niño temía a los insectos, era una fobia muy seria esa que tenía. Mi madre, pese a que había vivido desde pequeña en el campo, estuvo toda su vida rodeada de criadas que hacían todo por ella y por esto se aterraba tanto o más que yo al verlos. Verá, no era cualquier tipo de insecto. Eran esos bichos negros, bastante grandes con protuberancias en su cabeza. Esos que prefieren salir de sus escondites durante las noches cálidas de verano, unos todos recubiertos de una dura cáscara la cual les da un tamaño realmente grande. Como usted sabe, yo me crié en Rosario y residí allí hasta los albores de la adolescencia. Pues vea: hubo un verano una invasión de estos insectos que le digo. ¡Si usted hubiera visto a mi madre! Vivía entre ataques de nervios tomando tés de manzanilla que le preparaban las criadas, encerrada en la casa –con las ventanas cubiertas de rectángulos gigantes de tules blancos, para impedir la entrada de estos insectos-. ¡Ah! Usted me preguntaba por mis miedos. De pequeño eran esos bichos que me repugnaban. Tenía pesadillas con ellos, un horror. Luego de la adolescencia esa fobia desapareció y sobrevinieron otros más acordes con la edad: las muchachas, la intimidad, el futuro, Rubén –el gordito patotero de sexto-, Juana… ¡Juana! ¡Si usted supiera! ¡Temblaba sólo con verla aparecer con esos vestidos primaverales que le cosía la madre y esas cintas de colores atadas a su cabello! Puedo verla en este mismo momento, en el interior de mi mente. ¿Cómo puede una niña de quince años ser portadora de tanta belleza? ¿Cómo puede denotar tanta inocencia y madurez sexual al mismo tiempo? He pasado noches enteras sin dormir recordando su sonrisa e inventando situaciones hipotéticas en las cuales mis manos tocaban su cintura; que imaginaba blanquecina, de una suavidad casi sobrenatural y llena de pecas. Pero eso fue antes. ¿Mis miedos? ¿Hoy por hoy? Déjeme pensar… Verá, creo que le tengo cierto temor al paso del tiempo. También a veces las personas me ponen un poco nervioso y prefiero quedarme en casa para no prestarme a situaciones sobre las que no tengo control, en general también me sucede que prefiero permanecer en silencio para no pasar por tonto. ¿Qué pensaría una dama bella y perspicaz si ante una pregunta de cierta validez lógica e interés teórico yo contesto una barbaridad o una tontería? ¿O si me sonrojo, porque no sé qué decir? Eso nunca. Mil veces en silencio, antes que decir cosas que me avergüencen. Aún cuando esto mismo suele dar una concepción negativa a los demás de mi persona: muchas veces me creen engreído, arrogante, distante. Algunas veces –aunque pocas, en realidad- me quedo con ganas de decir cosas, de hacer comentarios en el diálogo. Es que piense usted: si por cada enunciado que escucho –al tiempo físico y real de la conversación- yo ensayo posibles respuestas con las que puedo estar de acuerdo, las constato y evalúo su mayor o menor éxito probable… ¡Imagínese! ¡El grupo de diálogo hace dos minutos que abandonó el tema de la participación del papa en la caída del muro de Berlín y hace rato que se dedican a discutir, animadamente, sobre el sistema educativo japonés! Pero bueno, son los riesgos que se corren cuando uno no quiere quedar como un tonto o un ignorante. A ver, déjeme pensar: también temo perder y este temor mío hace que no sea una de esas personas que se arriesgan muy seguido. Recuerdo, por ejemplo, cuando encontré a Juana en Buenos Aires, seis años después de haberla dejado en mi pueblo natal, cuando ya era una jovencita universitaria con un cierto aire de madurez e inocencia aniñada, al mismo tiempo. Verá usted: la vi y no pude decirle nada de todo lo que sucedía dentro mío cuando olía su perfume a flores. Claro que tuvimos una charla muy animada. Siendo así que nuestra conversación giró en torno a temas puramente formales: la carrera, su madre eternamente enferma, su hermana Lucía, mi militancia política, sus estudios de grado. Una conversación fría y muerta que hubiese enojado al más correcto de los filósofos. Me avergüenza recordarlo: pero de mi boca no podía ni debía salir una sola palabra que delate los nervios que recorrían mi interior. ¡Y ella hablaba y hablaba, con absoluta inconsciencia de tales procesos internos! Porque eso sí: siempre fui un hombre correcto que no se dejó llevar por impulsos o locuras. ¿Cómo iba a decirle, a esta altura de la vida en que ella seguramente estaba comprometida con un muchacho de bien, que yo moría de ganas de desvestirla y decirle todas esas palabras que ensayé trescientas veces en la oscuridad de mi habitación en la casa de mi abuela, aquellas palabras que escribí, borré y reescribí en mi viejo cuaderno? Esas son chiquilinadas, cosas de chicos. Una locura, no podía permitirlo. Y oiga usted: no me arrepiento de esto. Significó actuar correctamente, como hacen las personas razonables. Además ¡mire si la muchacha estaba comprometida! ¿Qué papel hubiera hecho yo? ¿Y si me decía que no porque elegía dedicarle toda su vida a los estudios? Eso sí que no lo hubiera podido soportar. Eso sí que no. Imposible: no puedo soportar un ‘no’. Una negación. Y menos de Juana, me moriría de pena. Vea usted: prefiero vivir con su recuerdo romántico, casi andrógino de cuando éramos niños, ese que sigue alimentando todas mis mañanas; antes que de sus preciosos labios salga una negativa hacia mí.
- Querido, seré absolutamente sincera y quizás hasta demasiado frontal, pero déjeme decirle, la respuesta es muy simple y a todas luces notoria: a usted lo que le sucede es que le da pánico vivir. Sin embargo, no se perturbe que no es usted el único portador de este mal: la mayoría de los hombres de su tiempo también lo padecen.
6 commentaires à propos de cela:
Nuri esta buenisimo esto que posteaste... Lo escribiste vos?
Me gusto más que mucho.
Me encanto.
Besos.
Ya te contesté tête à tête, pero te lo vuelvo a decir: sí, amiga querida! Lo escribí yo.
Está bastante bonito :)
Pasa por mi blog que te deje un premio.
Besos.
ya lo leí nurilins! y sì, está muy lindo y bastante real; en algunas cosas me sentì identificada con el viejo ... (què triste!!, jaja).
te mando un beso, de blog a blog.
Jajaj ¿te lo imaginaste viejo? Yo lo veia medio treintañero, pero de otra época, viste?
Te quiero, bonitaaa! :)
Interesante fragmento, felicitaciones.
Enregistrer un commentaire