vendredi, mai 1

(In)tolerancia



Léase de un 30 de abril realmente soleado y con el sol más azul que pudiera brindar la naturaleza dentro de sus posibilidades y en una ardua lucha contra el smog, humo y emanaciones varias de la ciudad. Era aquel un momento precioso, por razones inexplicables. Quien escribe había pasado toda la mañana en el microcentro de la ciudad por causa del curso de una lengua extranjera que tomaba. Ese día, por primera vez desde su inicio, había sentido que el espíritu de grupo comenzaba a surgir con sus compañeros (en todos los nodos y relaciones posibles de una red social). Porque si algo la incomodaba era esa tensa sensación del grupo en la cual los modos son de absoluta educación burguesa, amabilidad y escucha activa; aunque, no obstante, cuando termina la clase todos se dicen un neutro “chau” en el aire y cada cual va por su lado (o lo que es peor y más le irritaba: ir caminando por la marmolada escalera del edificio donde se toman las clases y caminar tan cerca de un compañero que no la mira, pero hace como que sí: una especie de relación en cual ninguno de los dos sabe muy bien cómo actuar, si dirigirse o no al otro, si profundizar en temas personales o quedarse en el mero comentario estructurado y formal de cuestiones rutinarias, etc.). Como sea: se sentía feliz. Ella y su grupo habían ido todos juntos a hacer copias de unas hojas del profesor, para comprender mejor un texto que debían leer para la clase siguiente. Bajar las escaleras juntos, cruzar la angosta callecita juntos, que uno se encargue de la tramitación de las copias para todos, mientras que el resto lo espera animadamente entre risas, charlas informales y averiguación sobre quién es el otro. Y no sólo eso: la clase, en la cual se leyó un cuento del inglés Sulloway, había sido muy agradable también. Surgieron chistes, charlas informales, debates sobre el contenido del cuento, especulaciones. Retomando: el cielo, la ciudad, la clase, el viento –pese a producir un pequeño efecto de congelación de los dedos de las manos-; todos estos factores creaban una atmósfera de felicidad un poco inexplicable, un poco cotidiana, quizás sensorial. Cabe recordar, querido lector, que se trataba de un día donde el calendario auguriaba los albores del día del trabajador. La CGT había declarado asueto a partir del mediodía de ese 30 de abril e infinidad de trabajadores de diferentes gremios de todo el país se acercaban, a las calles del microcentro –en camiones, camionetas, colectivos o simplemente caminando- para agruparse. Con su mirada atenta desde el colectivo varado sobre Paseo Colón, quien escribe estas palabras estaba fascinada con el clima de fiesta que reinaba entre los obreros de distintas ramas de la industria, el comercio o la educación argentinos. Bombos, hamburguesas, choripanes, megáfonos, overoles, jóvenes trabajadores, de edad madura y más allá… era una fiesta. Los franceses tienen una palabra para esto, intraducible al español: la convivialité. Aquel momento cuya finalidad es sólo la reunión por ella misma, para estrechar e intensificar los lazos intersubjetivos, mejorar las relaciones interpersonales entre los trabajadores de una misma empresa, por ejemplo. Era eso: un clima de fiesta –no de festejo-, alegría, sin perder de vista el reclamo, el recuerdo, la memoria. Viendo desde la ventanilla del colectivo y observando atentamente el lenguaje corporal, los gestos, actitudes de las columnas de trabajadores en pos de aglomerarse para marchar todos juntos, la observadora estaba fascinada. La calle de un colorido vestido de fiesta, no para festejar, sino para recordar o pedir con alegría. Intentando llenarse la retina -y, con ello, los sentidos, la interioridad- de todas estas imágenes, intentando observar y analizar un poco, de repente, la observadora se vio interrumpida de este acto introspectivo por una –molesta- mujer sentada a su lado. Que –ruidosamente y a fin de encontrar eco en alguno de los otros pasajeros del colectivo- decía cosas, como dirigiéndose al colectivero pese a que este no la escuchara, tales como: “por acá no, flaco”, “te estás metiendo cada vez peor: ahora vas a agarrar a los que vienen de allá”, “pppffffffff” –onomatopeya de rebuzne, o algo así-, etc. Fastidiada, quien escribe, ansiaba fervorosamente que el objetivo de esta mujer no se cumpla: que nadie le hiciera caso, que no comience una discusión fascista y pequeño burguesa a partir del reclamo obrero. Pero no fue así: el objetivo de la mujer fue cumplido ampliamente cuando otra mujer, del otro lado del pasillo, se hizo eco de sus comentarios –aunque, de opinión mucho más moderada que esta-. Ante lo cual, se desarrolló una situación que sigue más o menos así:

[mujer (1) molesta] : - ¡Qué desastre! No vamos a llegar más.
[mujer (2) del otro lado del pasillo] : - (…)
[mujer (1) molesta] : - Un desastre, ¿por qué no lo hacen mañana el acto? ¡Claro! ¡Si lo hicieran mañana no molestarían a nadie! Mi compañera de trabajo me contó que a ellos los obligaban a ir al acto: tienen que firmar y todo. Y no cuando llegan, sino cuando se van; así se aseguran que se queden hasta el final. Y si no van, les descuentan el día.
[mujer (2) del otro lado del pasillo] : - (…)
[mujer (1) molesta] : - Y bueno, este es el gobierno que tenemos.


En este momento, nuestra observadora estaba sorprendida ante la relación causal propuesta por la mujer molesta sentada a su lado. No obstante, sus sentimientos internos no eran demasiado radicales, sino que oscilaban entre la sorpresa, un fastidio incipiente, la risa, ganas fuertes de no escucharla más. Como vemos, no se trata de sentimientos demasiado fuertes ni intolerantes. Prosigamos.

[mujer (2) del otro lado del pasillo] : - (…)
[mujer (1) molesta] : - Habría que subirse a un helicóptero, tirar una bomba y se acaban todos nuestros problemas…


Aquí, la observadora sentía un monstruo gigante que le apretujaba el estómago, el pecho y que le hacía doler todos sus órganos internos. Quizás este mismo fue el culpable de que, aún mirando hacia la ventana para intentar no seguir oyendo tales barbaridades fascista-burguesas, quien escribe estas palabras tuvo una reacción facial notoria –y de efectos no previstos, como se verá luego-: al mismo tiempo que produjo una profunda inspiración que infló notoriamente su pecho, apretó sus labios tensionando levemente sus mejillas y, con esto, mordiendo levemente el labio inferior con el superior, mientras que acompañó estos movimientos con un giro de su cabeza un poquito más hacia la ventanilla –o sea, el lado izquierdo-, todo esto, acompañado por un cierre prolongado de sus ojos. Luego, revoleándolos. Tal actitud corporo-facial no fue pretendida ni planificada, sólo significó una reacción fisiológica ante un proceso cognitivo.
Milésimas de segundos después de este evento, la mujer molesta dijo lo siguiente:

[mujer (1) molesta] : -Bueno, mejor me callo porque en cualquier momento…

Y, acto seguido, tomó una postura notoriamente silenciosa en cuanto a los acontecimientos externos y dedicó el resto de su viaje a hablar por teléfono, a través de esa modalidad “manos libres”, con varias personas, comentándoles que por fin había fallecido su perro cuando el veterinario estaba en camino a su casa para sacrificarlo (y terminar al fin con su sufrimiento). Que sus hijas estaban tristes (no tanto Melanie, porque la contiene su novio, sino más bien Barbarita, que anda pasando por unos momentos un poco malos, últimamente).
Quien escribe estaba por demás sorprendida: no fue necesario pelearse, verbalizar todos aquellos pensamientos y/o posibles réplicas a las barbaridades que decía esta mujer, armar un escándalo partidista en el colectivo y ni siquiera echarle una mirada amenazante para que se calle. Una reacción sin premeditación y directa desde el inconsciente (mirando hacia el lado opuesto donde estaba la mujer) fue suficiente para pasar el resto del viaje, en lo posible, de un modo bastante agradable y hasta divertida, a partir de lo sucedido.

4 commentaires à propos de cela:

Sol a dit…

Excelente descripción de hechos y sensaciones. Realmente mis amigas bloggers me tienen conmovida con la profundidad de sus expresiones en este medio un tanto posmoderno.
Ah, y felicitaciones por el premio a las soñadoras en el mundo de los bloggs.
Todo mi amor

Pili a dit…

Metalenguaje que le dicen. No se sorprenda estimada Sol, o no se había dado cuenta la calidad de amigas que tiene...?
Besos a mis dos amores.

nuria a dit…

¡Cuánto amor! -A lo Kumbia Queer-

josealfonsomartínez a dit…

Accedo a tu blog desde Sublimaciones. En la tercera entrada al mío,
http://callejadelahoguera.blogspot.com podrás encontrar el programa emitido este fin de semana por la emisora de televisión española "Cuatro", el programa de Iker Jiménez, "Cuarto Milenio", relativo al best-seller y a la película Ángeles y Demonios. Podrás comprobar cómo se destapa la realidad de un vaticano ocupado actualmente por ciertas capas ocultas de la masonería y, por otro lado, el enfrentamiento entre Iglesia y Ciencia. Espeluznante.
Un saludo,