samedi, septembre 19

La materia

“Sos una mujer verdaderamente tierna”, dijo él siendo sincero por primera vez en sus treinta largos años. Ella se quedó mirándolo, con una mueca agraciada y de inmensa curiosidad en su rostro (sus ojos eran profundos, enormes, ocultos, ausentes). Lo que más le llamaba la atención era el paralelismo trazado entre las cualidades emocionales de una persona con las propiedades (físicas) de la materia. “Sos muy dulce”, dijo de repente. Otra vez lo mismo. La materia y el gusto. ¿En qué se parecía una mujer que rondaba la mitad de su veintena de años con una uva verde, rebosante de dulzura y jugo azucarado? “No me contestás, te noto fría y considero que durante nuestra última conversación que mantuvimos en aquel café que está en la callecita empedrada, aquella que te fascina porque te hace creer que sos una estrella de cine de los ’30 (con pollera tubo y pelo increíblemente platinado); bueno, ese día, fuiste muy dura conmigo. No merecía todas aquellas cosas que me dijiste y lo sabés”. Ella no contestó, casi no oía lo que él le estaba diciendo. La materia (una propiedad sensible y aprehensible de un modo directo, a través de los sentidos) y las emociones o actitudes no tangibles de una persona (el tono de voz dulce y aflautado de ella, su manía de no decir malas palabras ni hacerlo sentir mal en vano… tanto que aún no podía y creía jamás poder decirle aquello que le estaba rondando en la cabeza, que no la dejaba comer, dormir, bailar o reír desde hacía semanas). ¿En qué consistiría esa analogía entre algo sensible a través de cualquier sentido (por un lado, la dulzura a partir del gusto y, por otro, la frialdad, la dureza y la ternura por el tacto) con una actitud no tan directa y necesariamente asequible por algo más que la intuición, la interpretación o el afecto del otro?

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