vendredi, septembre 11

La visita



“Dígame qué puedo hacer por usted” – dijo mientras encendía un cigarrillo parisienne casi tan pálido y alargado como la mueca de su rostro en el reflejo del fuego -. “¡Ay! Señor… es usted muy amable, pero si yo supiera tal cosa no me encontraría en esta situación ahora mismo. Es que, usted sabe, la vida da tantas vueltas y las decisiones que una debe tomar son tan rápidas y en un instante tan ínfimo que cuando una se da cuenta… ¡zas! Ya pasó y una se encuentra en lo mismo que antes: el mismo departamento húmedo y con un olor rancio que puede volverla loca; la oficina repleta de esas malditas víboras que esperan ansiosas cualquier tropiezo para ir y buscar furtivamente un ascenso; la misma relación gastada e insípida con mi madre, las rutinarias llamadas telefónicas a las amigas hipócritas, llenas de dinero y buenas costumbres; la misma proporción de leche en el café; ese olor rancio del bar de la esquina que me enloquece; las mismas noticias en el maldito diario… Se preguntará usted, entonces, por qué no produzco algún cambio o tomo una decisión que dé un vuelco a las cosas. Pues la verdad no lo sé, simplemente me atemoriza equivocarme, estar peor que antes, cambiar demasiado, la incertidumbre, el movimiento”. Mientras ella hablaba y hablaba, él sólo podía pensar en el errante pestañear de esos ojos encendidos que lo hacía perder la razón y lo envolvía en una ensoñación tan profunda que por momentos olvidaba escucharla, ensimismado en esa danza misteriosa en la que estaban envueltos sus ojos. “¿Entonces por qué me contactó?”, dijo al fin. “Algo debe haber entre mis posibilidades de accionar por lo cual usted creyó pertinente nuestro encuentro”. “Señor… si yo lo supiera sería una mujer plena y repleta de dicha. Simplemente no lo sé. Debió ser una corazonada, que le dicen”. Él se comenzó a inquietar, pensó que ella estaba jugando con él, con su tiempo y su paciencia. “¿Y que propone, entonces? Oigame, yo soy un hombre ocupado. Si puedo ayudarla de algún modo, dígame y lo haré. Sino discúlpeme pero mi oficina desborda de talonarios por completar, hojas en blanco que deben ser escritas con razocinio antes del final de la jornada y asuntos por resolver”, dijo mientras rozó – casi sin darse cuenta – con la punta de los dedos la manija de su maletín, un poco desgastado por el uso -. “No, espere. No me pida que me vaya. Le va a parecer extraño e incluso un poco atrevido de mi parte, pero siento que el extrañamiento de nuestra relación, incluso la distancia y todas esas cosas de las que una suele burlarse y escapar me parecen tan bellas. Oigame, y por favor no malinterprete mis palabras, pero me siento bien hablando con usted”. Él levantó una ceja – sorprendido ante tal revelación y, ahora sí, seguro de que esta mujer lo estaba tomando por estúpido –. “Mire señorita, si está usted sola, júntense con otras mujeres, haga un viaje al exterior, vaya a jugar a la canasta con mujeres de su edad… yo sigo sin entender qué es lo que la retiene aquí”. “Oh! Señor, ya le dije a usted y, con todo respeto, se lo repito: será la rutina, el aburrimiento o la hipocresía que me rodea, pero créame cuando le digo que estoy agotada. Y hablo de un agotamiento más emocional que físico – las clases de danza contemporánea son para mí un gran placer o al menos lo eran antes, cuando yo era otra, pero de todos modos ellas no me cansan, mi cuerpo supo adaptarse perfectamente bien a los esfuerzos que requieren y se mueve casi sin que se lo pida –. Aquí la cuestión es otra. Y, de alguna manera, mayor. Usted creerá que soy una mujer carente de moral, pero estar aquí en esta oficina que tanto dista de todo lo que conozco me hace sentir un placer que no sé explicar muy bien. Verlo a usted que… por cierto, esa corbata color carmín hace resaltar el color castaño de sus ojos ¿es un presente de alguna mujer que usted tuvo? Oh, disculpe mi impertinencia. Es que tan exquisito gusto en la prenda denota la mirada de una mujer, de esos besos en la frente que se dan sólo por la mañana, un par de piernas muy largas que lo abrazan a usted por la noche, una copa de vino en el balcón y esas cosas que la poesía relata tan bellamente en sus prosas”. Definitivamente estaba confundido. Esta mujer verdaderamente lo desconcertaba ¿Cuáles eran sus propósitos? ¿Estaba fuera de sí? ¿Era irracional? No, nada de eso. El desenvolvimiento de su discurso era perfectamente racional, aunque distinto, muy distinto a todo lo que él había conocido hasta ese entonces. Ya no tenía caso preguntar, por más que lo hiciera una y mil veces ella se las arreglaba para desviar el tema y conversar de lo aburrida que se sentía con su vida y de pequeñeces que, por más que lo intentara, él no podía terminar de comprender. No obstante, estaba pasmado con su belleza. Esta era de un tipo más bien global que a causa de alguna característica corporal particular. Sus ojos eran finos y rasgados, de un color caoba oscuro que lo hacía parecer como si no tuvieran fondo, parecían no terminar jamás, descender hasta el mismísimo infierno; sus labios eran rojos y con una ligera forma acorazonada; algunas arrugas que le enmarcaban los gestos de su boca la hacían profundamente atractiva y sensual. Y el vestido… el vestido de corte aniñado y que le quedaba un poco corto, debería ser un legado de su adolescencia. Con flores y volados. Era una mujer muy bella. Mientras tanto ella seguía hablando quién sabe de qué. Ya no importaba, ni eso ni nada. Él en algún momento terminaría todo el papelerío pendiente – siempre, por más que se empeñara en autoconvencerse que los tiempos vencerían y que no podría lograrlo, siempre podía –. Ya nada importaba. Ese momento era valioso en sí mismo, esa repentina aparición casi lo había convencido, con la espontaneidad en que se produjo, de que tenía que haber algo más. Algo que hiciera valer la pena el maldito reloj despertador de lunes a viernes a las 6am; los eternos viajes en el subterráneo; las monótonas caminatas hacia la oficina; el mismo café a las 11am, antes del almuerzo; la milanesa del bar la esquina que constituía su almuerzo desde hacía ya siete largos años; los mismos chistes entre los compañeros de la oficina. Al fin y al cabo, uno no tiene una mujer tan bella frente a sí todos los días de su vida. ¿O sí? ¿Tendría ella razón cuando decía que la vida y el destino sólo están causados por decisiones y, tantas veces, la ausencia de ellas? Sonaba demasiado simple, casi infantil. Además, el siempre se había negado a que sería otra persona – sobre todo una mujer – quien le salvaría la vida.

1 commentaires à propos de cela:

Pili a dit…

Precioso.
Besos.