
Durante un tiempo me había empeñado en concebirlos como iguales e indiferenciados entre sí. Me dije una y otra vez que la totalidad de ellos me daban igual y hasta había logrado convencerme tan profundamente de esto que me convertí casi en una militante activa de su indiferenciación certera. Más de pronto, en un momento inesperado, mi mirada que vagaba distraída entre ellos sin detenerse a ver con atención a ninguno, fue atraída de un modo metafísico por un punto determinado en el espacio y se posó sobre uno de aquellos elementos del montón. Él no era igual al resto -me decía- sino que se mostraba especialmente radiante, brillaba más agudamente, emanaba destellos de pureza, reía de la vida y de sus pares no-tan-pares. Sin lugar a dudas, se trataba de una elección que no podía fallar. Entonces fue él, lo señalé y sólo con este gesto simbólico pasó a ser mi propia posesión. Estuve un tiempo junto a él. Era evidente que compartíamos algunas cosas (aunque no todas, lo cual me provocaba cierta fascinación, ciertamente un poco injustificada). Hablamos de algunos tópicos intrascendentes en el camino a casa, pero si algo se nos mostraba como evidente en aquel momento era lo ocasional de nuestra relación: ambos sabíamos que lo nuestro no avanzaría pues los límites se revelaban evidentes en todo momento. Y eso, de algún modo, nos atraía más pues nos convertía en cómplices de un secreto sólo conocido por nosotros dos. Reíamos, espacialmente un poco distanciados pero unidos gracias a la concepción común de una felicidad casi onírica que brillaba por su aparente sencillez. Llegué a casa y me saqué los zapatos, él me observaba junto a la mesa del living. Parecía estar distendido y disfrutar del momento, tal como yo también lo hacía. Sentí frío y cerré una ventana. Mientras tanto lo miraba, esporádicamente, y con cierto aire de sensualidad, mientras encendía un incienso de canela –aquellos que encendía en esos momentos que prometían ser portadores de la unicidad e irrepetibilidad-. Él aparentaba una cierta desatención y me miraba de reojo, mientras –distraídamente- recorría, con una visión panorámica/panóptica, el empapelado de mi casa –que me avergonzaba un poco, pues estaba viejo y manchado por la humedad del aire de la ciudad-. Recogí todo mi cabello, despeinado y de color almendra en una larga cola de caballo, y me sentí mejor. Una sensación de bienestar que recorría mi interioridad me provocó un torrente de cosquillas en la panza. Me sentí bien después de mucho tiempo. Reí, murmuré algo que él nunca oyó y me dirigí a la cocina para servirme un vaso grande de jugo de frutas. Lo bebí distraidamente mientras jugaba a aplastar con la lengua las células de mandarina que flotaban atiborrándose en el torrente acuoso. De pronto lo recordé y volví al living. Él continuaba esperándome, con una actitud tranquila pero que denotaba ciertas ansias, aunque siempre radiante, tanto que iluminaba la lúgubre habitación de aquel antiguo edificio. Me dirigí hacia él y, a medida que me acercaba, comencé a sentir ese delicioso perfume que emanaba. Era dulce y fresco, definitivamente perteneciente al ámbito de la naturaleza –y no de la sociedad-. Se trataba de ese viejo concepto asociado al salvajismo, a una selva frenéticamente enarbolada. Aquel aroma me recordaba a algo o alguien que no podía precisar con exactitud, a un viejo recuerdo guardado en las profundidades de mi acervo de sensaciones. Cuando estuvimos bien cerca, la fragancia se intensificó tanto que me llevó a una completa embriaguez, mareandome levemente. Me sentí una princesa de cuentos, me creí un hada del bosque, definitivamente la reina de la naturaleza. Con cierta timidez, extendí mi mano derecha –que temblaba un poco, denotando cierta torpeza causada por los nervios provocados por su cercanía- y la yema de mis dedos lo rozaron apenas, sintiéndolo levemente. Era suave y aterciopelado, estaba cubierto por un fino pero frondoso bello que cubría la completitud de su ser. Se intensificó la embriaguez y todo era más un espacio de ensueño que una triste experiencia vivida en el mundo de los hombres. Fue en ese momento cuando, envuelta entre las telas invisibles de ese delicioso aroma, cerré los ojos y nos entrelazamos en una danza ancestral donde todos los sentidos fueron participantes activos: probando, blandiendo, jugando, sintiendo, rozando, degustando, oliendo, lamiendo. Todos excepto la vista, que era innecesaria e, incluso, des-onirizante –tan terrenal que nos hacía enojar a los dos-. Aquel momento constituyó un extraño ritual durante el curso del cual mi piel se encontraba erizada toda y el bello amarillento de mi panza y brazos estaba erguido, atento, cual guardián de un encuentro extra-terrenal. De pronto abrí los ojos y tomé contacto con la realidad. Estaba confundida y miré en derredor: seguía en el living, pero esta vez me encontraba sola, tu ausencia fue evidente. Te busqué insistentemente, pero fue en vano. De lejos sonaba una triste melodía de Jazz, cantada por una voz de mujer. Mi rostro miró –distraídamente y al pasar- el parlante que emitía tales melodías, buscaba entender, establecer un contacto con aquel lugar temporo-espacial que se mostraba extraño y lejano. Las cenizas del incienso de canela se habían derramado del porta-sahumerios, ensuciando la mesa de vidrio. Mi cuerpo aún estaba repleto de cosquillas en cada una de sus terminaciones nerviosas y yo todavía me encontraba un poco mareada y confundida. Volví la vista hacia adelante y ya no estabas, sólo una enorme semilla dura atestiguaba tu estadía junto a mí –aunque todavía se podía sentir tu perfume, aduraznado, en el aire-.
3 commentaires à propos de cela:
Bello, bellísimo
Me tuviste hasta el final dudando...
"(...)unidos gracias a la concepción común de una felicidad casi onírica que brillaba por su aparente sencillez."
Impecable. Esa te la robo, ya verás.
Besos.
Muy bonito! Me gustó mucho. Además me gusta la onda del blog... por ejemplo, que las opciones esten en francés y las cosas que pusiste en él. Si tenés tiempo pasate por el mio: www.alguienqueandaporalli.blogspot.com
Saludos
Enregistrer un commentaire